Filantropía: Antídoto contra el resentimiento

Entre la primera y la segunda vuelta de las elecciones de 2022, previa consulta con empresarios, profesionales, hombres y mujeres que han acompañado mi vida política, publiqué el libro “Punto de Inflexión” para anunciar dentro del marco del Acuerdo Nacional convocado por Gustavo Petro, nuestra decisión de acompañar su candidatura “para impulsar sin remilgos los cambios impostergables en nuestra sociedad”. Empero, dijimos, cargamos en nuestra faldriquera “la llave dorada de la moderación”, pues tratamos en toda circunstancia de aglutinar la ciudadanía, no de reproducir ciclos de refriegas fratricidas.

Esa “llave dorada” ha de servirnos para clamar por el cambio en el lenguaje, en el tono rufianesco que caracteriza las proclamas de los ultra radicalismos de toda procedencia. Ahora tenemos claro que el resentimiento, esa especie de ictericia de la política no es asunto de izquierdas o derechas, de pobres o ricos, tampoco de gobierno u oposición; los discursos ultra radicales son huecos, infunden odio y miedo, destilan resentimiento. Para Nietzsche, el resentimiento es una venganza imaginaria, moral y metafísica. Consiste en la inversión de valores sustentados por otros. Para la famosa profesora de ética Ana Escríbar Wicks, podría entenderse como una rebelión frente a lo que es, de parte de quienes son incapaces de mirarlo cara a cara y su resultado inevitable sería la escisión entre pensamiento y ser. La filosofía política ha caracterizado el resentimiento como una forma vulgar del ejercicio político.

La sociedad desde la antigüedad ha generado una respuesta práctica y ejemplarizante contra el resentimiento: la filantropía, la tendencia manifiesta en seres humanos a procurar el bien de las personas de manera desinteresada, incluso a costa de su interés propio. El concepto, muy remoto en el proceso civilizatorio, ha tenido un realce histórico durante las últimas décadas llegando a producir hechos y cifras de indiscutible influencia y significación. Todos los credos religiosos y todos los sistemas políticos han propiciado la existencia y crecimiento de la filantropía.

Desde los aportes individuales o familiares en forma de dinero o bienes, legados patrimoniales o herencias, hasta las Fundaciones filantrópicas, se reconoce hoy la contribución de la filantropía a la tarea del desarrollo y al logro de los ODS. Colombia muestra un conjunto de proyectos cristalizados y realizaciones filantrópicas que constituye una base para la potenciación de una estrategia que, de contera, debe ser un vector alejado de la propaganda pero intenso y eficaz en la esfera cultural, para advertir que somos indivisibles y podemos encontrarnos en nuestra geografía social sin clasismos y plenos de fraternidad. Ofrezcamos nuestro concurso para esta enorme y maravillosa tarea, propongamos al gobierno y a los grupos económicos, a las estructuras institucionales y a las familias con patrimonios y rentas inmovilizados o inactivos, avanzar en la promoción de un Programa de Proyectos fundados en la filantropía con base en el Plan de Desarrollo, como ejercicio progresista y unificador contra el resentimiento.

Desde luego, mal haría la filantropía en pretender sustituir los cambios estructurales en sociedades cuya desigualdad es tal que reproduce y profundiza los abismos en el acceso a los factores determinantes del bienestar tanto material como espiritual. Los verdaderos filántropos toman distancia con las posturas utilitaristas de una solidaridad mal entendida o deliberadamente manipulada.

También la filantropía auténtica sabe aislar las manipulaciones de los radicalismos ideológicos que descalifican todo aporte social voluntario ubicándolo en la esfera del asistencialismo pese a que los hechos y las cifras los desmienten por cuanto la virtud no necesita del soporte de ningún armazón político como tampoco refugiarse en recodo alguno del espectro partidista.

Por el contrario, cuando una sociedad cae tan bajo y coexiste en casi todas las esferas con el crimen, termina practicando el autocanibalismo, la autosarcofagia, una suerte de voracidad infinita como aquella que en la historia del mito padeciera Eresictón, quien terminó devorándose a sí mismo debido al hambre insaciable  con la que Deméter lo castigó, quizás una expresión del resentimiento clásico, auto flagelante.

Publicado el 23 de septiembre de 2023 en La Línea del Medio

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Diego Junca